“Liberalismo soviético”, una vivencia desde adentro del poder.
La definición, más que como una crítica, debe leerse como una confesión; es el diagnóstico de alguien que conoce, como pocos, el funcionamiento interno del Gobierno
Autor: LA NACION Luciano Román - 07/05/2026
“Un partido liberal con conducción soviética”. ¿Quién describe de ese modo el funcionamiento de La Libertad Avanza? ¿Un periodista independiente? No. ¿Un dirigente opositor, un politólogo? Tampoco. ¿Un exoficialista despechado y resentido con el Presidente? Menos. La definición corresponde a alguien que integra el núcleo mismo del poder. Por eso, más que como una crítica, debe leerse como una confesión. Es el diagnóstico de alguien que conoce, como pocos, el funcionamiento interno del gobierno libertario y que condensa, en esa metáfora, la observación de un testigo privilegiado, pero también la vivencia de un actor central en el esquema mileísta.
La frase –que ya ha sido citada en un sofisticado análisis político de Martín Rodríguez Yebra– resume los rasgos cada vez más acentuados que ha adquirido el oficialismo: verticalismo extremo; subordinación o destierro; intolerancia a la disidencia, y una peligrosa confusión entre lealtad y obediencia. Si era algo que se sospechaba, ahora es algo que sabemos. Lo dice alguien que tiene un puntilloso registro de los métodos que se aplican en las sombras del palacio.
La primera consecuencia de la “conducción soviética” es que profundiza, alrededor del líder, una atmósfera de temor. Muchos no se atreven a decir lo que piensan y hasta se sienten obligados a sobreactuar determinadas posiciones, asumir “odios” ajenos y defender cosas con las que no están íntimamente de acuerdo, para agradar “al jefe” y ponerse a salvo de la ira y el destrato presidencial.
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