La diferencia entre una revolución y una confusión.

El bien mal hecho no es bueno. Peor: inhibe la posibilidad de hacerlo mejor después. Quizá sea conveniente que el pragmatismo prevalezca al mesianismo, el sentido común político al dogmatismo tecnocrático.

Autor: Loris Zanatta en Clarin - 12/01/2024


Las gatas apresuradas paren crías ciegas. Queriendo hacer una revolución, el Gobierno está haciendo una gran confusión. Que hay que golpear el hierro mientras está caliente, que ahora o nunca, que para hacer la tortilla hay que romper los huevos: las hemos oído todas, ninguna es nueva, no auguran nada bueno. No basta con “hacer el bien”, decía un sabio: “hay que hacerlo bien”.

El bien mal hecho no es bueno. Peor: inhibe la posibilidad de hacerlo mejor después. Quizá sea conveniente que la vis pragmática ponga freno a la vis mesiánica, el sentido común político al dogmatismo tecnocrático. Un gran problema para quién apuesta al mesianismo, tiene tanta fe en la tecnocracia, ha hecho de la antipolítica su evangelio.

¿Está el Gobierno haciendo “el bien”? El fin es loable, el objetivo compartible, la radicalidad ineludible, la rapidez necesaria. Liberalizar, desregular, abrir, desburocratizar la economía argentina, destrabar las jaulas corporativas es una tarea titánica y meritoria. ¿Lo está “haciendo bien”? Ay del amateurismo, ojo al autoritarismo.

¿Por qué diluir pocas reformas dirimentes entre tantas medidas secundarias? ¿Por qué luchar desde el vamos contra todos a la vez? ¿Por qué todo o nada, perfección o condena, gloria o martirio? Diluye el mensaje, fragmenta la coalición, dispersa la energía.

La política no es un mueble, no basta con leer las instrucciones de un gran filosofo para armar la biblioteca de nuestros sueños. No es una sinfonía, no basta con seguir la partitura de un gran compositor para lograr una bella melodía. Las piezas nunca encajan del todo.

La mayoría de las veces la política es búsqueda de la imperfección menos imperfecta, del progreso posible, es concesión táctica en vista de un fin estratégico, compromiso y persuasión, creatividad e invención. Devoto de Hayek, enemigo de los “planes”, teórico de los “órdenes espontáneos”, nadie debería saberlo mejor que el Presidente.

La buena política es la que, paso a paso, medida a medida, idea a idea, consigue tallar el cambio en piedra, hacerlo ley y sentido común, derecho y cultura compartida. Entonces ningún Termidor podrá borrar sus frutos, la furia del enemigo se detendrá impotente ante su legado.

¿Por qué las reformas de la era menemista se derritieron como nieve al sol ante la reacción kirchnerista? ¿Por qué reformas similares en varios países vecinos fueron más resistentes?

Hoy olvidado, Guillermo O’Donnell lo explicó: porque se hicieron a patadas, por mandato presidencial y debido a la emergencia, porque había que hacerlo y sin discusión, presa de la emoción más que de la razón.

En otras partes el ritmo fue menos rápido pero más seguro, menos espectacular pero más institucional. Retroceder se volvió entonces difícil. Es como el cuento de los tres cerditos, la casa hay que construirla para que dure. ¿O no hemos aprendido nada?

Pero lo mismo hicieron los otros, ¡se oye por todas partes! ¡Perón demolió el orden republicano por decreto! ¡El kirchnerismo aún peor! ¿Por qué buscar el pelo en el huevo después de tolerar el pelo sin huevo? ¿Por qué exigir que Milei vaya de frac al baile de los orangutanes?

El argumento suena intachable: ¡cómo indignan los indignados de corriente alterna, los profesionales de la protesta a priori, las cenicientas recién despertadas! Pero es un arma de doble filo. Al menos para los que piensan que arreglar la economía no es un fin en sí mismo, sino la premisa de un país más libre y democrático.

Hacer lo mismo que siempre se imputó a los demás, es igualarse a ellos. El cambio es no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. ¡Alguien tiene que empezar! Si no, esto no acabará nunca y el péndulo de las venganzas oscilará sin cesar.

Todo esto suena ingenuo. Pero ojo a los riesgos entre las oportunidades, a las continuidades con cara de cambio. Y la continuidad que más temo es el historicismo, el mayor ingrediente del mítico “ser nacional”, cultivado por peronistas y antiperonistas, laicos y clericales, nacionalistas y liberales.

¿En qué consiste? Es la idea de que la historia tiene un fin, que ese fin es la salvación, que hay leyes para alcanzarla, que alguien las posee, que siguiéndolo y aplicándolas nos salvaremos.

La historia argentina rezuma utopías historicistas. El historicismo peronista soñaba con la comunidad organizada, el historicismo marxista con la sociedad sin clases. ¿Es la hora del historicismo libertario? ¿Es la “luz al final del túnel” la nueva tierra prometida? ¿Son los “argentinos de bien” el nuevo “hombre nuevo”? Contra las “miserias del historicismo”, enemigo jurado de la sociedad abierta, escribió páginas memorables Karl Popper, también olvidado.

Se entiende: si poseo las claves de la salvación, ¿cómo no voy a sacrificar los medios a los fines, las formas al contenido, la duda a la verdad, la ley al decreto, el camino al Destino? ¿No peligrará también el sacrosanto “respeto irrestricto hacia los proyectos de vida del prójimo”? Pregunto, porque observo mucha intolerancia hacia los que no comulgan con la nueva fe.

La historia no es un túnel hacia la luz, un desierto antes del manantial: es luz y túnel, agua y sed, aplausos y protestas, felices y descontentos, hoy y mañana. Y la medida del “genio”, la que lo distingue del “loco”, no es el éxito, siempre aleatorio y relativo, cambiante y subjetivo.

¡Cuántos genios incomprendidos! ¡Cuántos cretinos cubiertos de gloria! El genio político se ve en la longitud de la mecha, no en la explosividad del petardo, en la solidez de las reformas, no en el clamor de la “revolución”.

Loris Zanatta es historiador, profesor de la Universidad de Bolonia, Italia.