¿Por qué todos cuidan a Cristina y a Massa?

Cristina Kirchner, Javier Milei y Sergio Massa Alfredo Sábat

El sistema de circunscripciones uninominales que impulsa el Gobierno tendría como primer beneficiario al kirchnerismo, lo mismo que algunas designaciones frustradas y nunca explicadas; las miradas sobre el jefe de Gabinete

Autor: Joaquín Morales Solá LA NACION - 17/01/2024


Los bloques dialoguistas de la oposición a Javier Milei no saben si lo que sucede en el Gobierno es ingenuidad o si, en cambio, se trata de explícitos compromisos para resguardar a Cristina Kirchner y a Sergio Massa de los avatares de la Justicia. Por un lado, es comprensible que algunos de esos diputados dialoguistas estén más molestos con Milei porque los llama “coimeros”, sin ninguna denuncia concreta, que por el contenido del enorme paquete de decisiones que el Presidente mandó al Congreso. Milei aludió a supuestos deseos de coimas de legisladores opositores (no hubo ningún pedido explícito hasta ahora, según voceros oficiales serios) solo porque estos mostraron cierta distancia con varios artículos incluidos tanto en el decreto de necesidad y urgencia como en la ley ómnibus del Ejecutivo. El diputado Miguel Ángel Pichetto le pidió directamente a Milei que se dirija con más respeto a los legisladores si quiere que sus decisiones sean aprobadas por el Congreso. Pichetto preside un bloque (Hacemos Coalición Federal) que incluye a figuras tan contradictorias como Ricardo López Murphy, diputados de Elisa Carrió, Margarita Stolbizer, Emilio Monzó y peronistas republicanos. Solo un veterano equilibrista de la política, como es Pichetto, puede mantener la paz interna dentro de una ensalada política tan diversa.

Con todo, la mayoría de los legisladores de lo que fue Juntos por el Cambio prefiere aprobar las decisiones de Milei, aunque con varios cambios en la ley ómnibus. Algunos se preguntan si también el decreto de necesidad y urgencia, que solo admite aprobación o rechazo a libro cerrado, puede ser modificado esta vez al estar incluido en el proyecto de ley que trata el Congreso. Esas precisiones se conocerán tras las intensas negociaciones que existen detrás del teatro de la política. El teatro es la batahola que arman todos los días mileistas, kirchneristas y la izquierda. Las negociaciones se llevan a cabo en una habitación de al lado. El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, pone la escenografía y el clima (ambas cosas indispensables para una negociación) para que los representantes del Gobierno y de la oposición dialoguista se sienten a conversar. Participan representantes del Gobierno, por un lado, y de Pro, de la Unión Cívica Radical y del bloque de 23 diputados que lidera Pichetto, por el otro.

El primer traspié serio con los opositores lo tuvo la vicepresidenta Victoria Villarruel con la aprobación del proyecto de ley para implementar en el país la boleta única de papel. Una herramienta política elemental para sacar al país de las cavernas electorales. Ese proyecto necesita sólo de la aprobación del Senado, cuerpo de la que es titular Villarruel, para convertirse en ley. La primera de la era Milei. El kirchnerismo y el peronismo más cerril están donde están siempre: en el lado equivocado de la historia. Peores son los neutrales –siempre más cercanos a Cristina Kirchner– como el líder rionegrino Mariano Weretilneck o los misioneros del Frente de la Concordia Social, una mezcla de partidos políticos que gobierna Misiones desde hace 20 años. Los senadores de Río Negro y de Misiones están trabando la boleta única con propuestas de reformas al proyecto, a las que se plegó astutamente el kirchnerismo, lo que obligaría a que la iniciativa vuelva a la Cámara de Diputados. El regreso a Diputados tiene siempre un final incierto para cualquier proyecto. El rionegrino Weretilneck y los misioneros Carlos Rovira y Maurice Closs siempre acomodan sus sillones en la dirección que manda Cristina. Sin embargo, la mayor sorpresa para la oposición dialoguista la provocó Milei con el cambio del sistema electoral proporcional al uninominal, porque beneficiaría claramente al kirchnerismo. Si se implementara ese cambio, la provincia de Buenos Aires, reserva y cantera del kirchnerismo, sumaría 27 diputados nacionales más a los actuales (pasaría de 70 a 97), mientras que la Capital, donde ganan los macristas, perdería 8 diputados –pasaría de 25 a 17–. A pesar de sus diálogos con Mauricio Macri, ¿Milei prefiere quedar bien con Cristina Kirchner antes que con el expresidente de Juntos por el Cambio?

A esa extrañeza debe agregársele la lista de funcionarios de Milei que iban a ser y no fueron. Todos venían de la gestión de Macri. ¿Nombres? Por ejemplo: María Eugenia Talerico, Mariano Federici, Javier Iguacel y Leandro Cuccioli. Talerico, exsubdirectora de la Unidad de Investigaciones Financieras, estaba casi nombrada como directora de Migraciones de Milei. Poco antes de prestar juramento, le hicieron saber que había sido vetada por alguien que no se podía nombrar. ¿Cristina Kirchner? Silencio. Mariano Federici, exdirector de la Unidad de Investigaciones Financieras, estaba entre los candidatos para ser el segundo de la AFI, la ex-SIDE. Tampoco lo fue. ¿Por qué? Silencio. Javier Iguacel, exdirector de Vialidad Nacional, estaba también entre los seguros funcionarios de Milei. No fue. ¿Qué pasó? Silencio. Leandro Cuccioli fue administrador general de la AFIP en tiempos de Macri y figuraba como eventual funcionario de Milei. Cuccioli se quedó en su casa. ¿Quién lo impugnó? Silencio. Hay un hilo casi invisible que une a todos ellos: fueron en su momento los principales funcionarios para el aporte de pruebas en las causas judiciales que investigaban (e investigan todavía) la corrupción de la familia Kirchner y de sus funcionarios. Fueron los que hicieron posible que esas investigaciones prosperaran. La condescendencia tendría un explicación, no una justificación, si los funcionarios de Milei hubieran conseguido el voto de los kirchneristas en el Congreso. No sólo no lo consiguieron; varios legisladores kirchneristas están proponiendo convocar a una sesión especial de la Cámara de Diputados con el propósito exclusivo de rechazar el DNU de Milei. No hay explicación entonces. Solo queda recordar a Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.

Tampoco Sergio Massa está haciendo algo que se sepa para ayudar a Milei a conseguir los votos que necesita en el Congreso. No obstante, el gobierno de Milei no dice nada sobre la necesidad de investigar cómo fue el sistema de aprobaciones de las Siras, el Sistema de Importaciones de la República Argentina, sospechado de una vasta corrupción. Ese sistema fue creado por Massa; las importaciones necesitaban de la aprobación de la AFIP, de la Aduana, de la Secretaría de Comercio y, por último, del Banco Central. Massa tenía el control de la Aduana a través de su director Guillermo Michel, y de la Secretaría de Comercio a través de su titular Matías Tombolini. Hay quienes aseguran que Michel sigue teniendo una influencia importante en la AFIP. La sospecha de corrupción fue tan generalizada que Patricia Bullrich llegó a calificar al sistema de aprobación de importaciones de “tongolini”, haciendo un juego de palabras con Tombolini. Fue en el debate presidencial. Massa permaneció mudo, sin respuesta a la implícita acusación de su contrincante. El economista Lucas Llach escribió un tuit el 20 de noviembre pasado, un día después de que Milei ganara la Presidencia y de que Massa la perdiera: “No es tiempo de revancha, pero investiguen el afano de las Siras”, dijo, sin elipsis ni indirectas. Unos días después, el economista Marcos Buscaglia deslizó, en una nota en LA NACION, la cifra de 1680 millones de dólares como el monto posible de la corrupción por las aprobaciones de las Siras para las importaciones reales o ficticias. Se supone que algunas importaciones no se hicieron nunca, y que solo sirvieron para que algunos consiguieran dólares baratos en un país sin dólares.

Milei es un presidente que solo mira la economía; es su pasión, es lo que sabe y, según él, es también lo que lo convertirá en un líder político. Por eso, gran parte de las miradas cercanas a Milei, pero que critican tanto descontrol, se dirigen al jefe de Gabinete, Nicolás Posse. Nadie conoce la voz de Posse, aunque es mejor que se acostumbre a usarla. Desde marzo, deberá ir una vez al mes al Congreso para enfrentar maratónicas sesiones de preguntas y respuestas. Es parte del trabajo que le ordena la Constitución. Tampoco Posse hace las veces de jefe de personal; esto es: desistió de ser el filtro necesario entre las propuestas de nombramientos de funcionarios y los nombramientos en sí. Esa tarea forma parte también del trabajo del jefe de Gabinete, el principal asesor y confidente del Presidente. El Gobierno acaba de nombrar como secretario de Culto a Francisco Sánchez, un exdiputado extremadamente conservador cuyas ideas están en las orillas mismas (o en el centro) del antisemitismo. Militó en Pro, pero Mauricio Macri no lo reconoce como propio. Según versiones coincidentes, Sánchez tiene una relación directa con Milei. Puede ser. Pero en esas circunstancias es precisamente cuando deben funcionar los necesarios censores para evitarle los errores al jefe del Estado.

Una vieja grabación que circula en redes sociales exhibe a Sánchez con ideas claramente antisemitas, como calificar de “sionistas” a George Soros y a los Rockefeller. El director de la Agencia Judía de Noticias, Daniel Berliner, informó que hay “malestar y preocupación” en la DAIA, la más importante organización representativa de la comunidad judía, por la designación de Sánchez. Berliner, que recordó que el nuevo funcionario tuvo comentarios “que sobrevuelan las conspiraciones judías”, precisó que uno de los principales directivos de la DAIA señaló refiriéndose a Sánchez que “sus expresiones prejuiciosas y ofensivas a diferentes colectivos de nuestra sociedad atenta directamente contra la sana convivencia”. Sucede que Sánchez también se refirió hace poco de la peor manera al papa Francisco y a la religión musulmana. El secretario de Culto, aun en épocas kirchneristas, fue siempre alguien predispuesto a comprender la fe de todas las religiones. Sánchez no comprende a ninguna. Antes, había pedido la pena de muerte para Cristina Kirchner por traición a la patria; fue luego de que se conociera la sentencia a seis años de prisión por la corrupción en la adjudicación de la obra pública. Con una propuesta tan desaforada, Sánchez, que se siente más cómodo entre los evangélicos, corroboró que es un demagogo o que perdió el sentido de las proporciones. ¿Dónde estaba Posse antes de que se firmara esa designación? ¿Qué hacía? ¿Con quién consultó? Otra vez el silencio.